Dicen que no hablan las plantas – Rosalía de Castro

 Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

Soledad – Rosalía de Castro

 Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.

Recuerda – Rosalía de Castro

 Recuerda el trinar del ave 
y el chasquido de los besos; 
los rumores de la selva, 
cuando en ella gime el viento, 
y del mar las tempestades, 
y la bronca voz del trueno; 
todo halla un eco en las cuerdas 
del arpa que pulsa el genio. 

Pero aquel sordo latido 
del corazón que está enfermo 
de muerte, y que de amor muere 
y que resuena en el pecho 
como en bordón que se rompe 
dentro de un sepulcro hueco, 
es tan triste y melancólico, 
tan horrible y tan supremo, 
que jamás el genio pudo 
repetirlo con sus ecos.

Una vez tuve un clavo  – Rosalía de Castro

 Una vez tuve un clavo
clavado en el corazón,
y yo no me acuerdo ya si era aquel clavo
de oro, de hierro o de amor.
Sólo sé que me hizo un mal tan hondo,
que tanto me atormentó,
que yo día y noche sin cesar lloraba
cual lloró Magdalena en la Pasión.
“Señor, que todo lo puedes
-le pedí una vez a Dios-,
dame valor para arrancar de un golpe
clavo de tal condición.”
Y me lo dio Dios, y lo arranqué.
Pero… ¿quién lo imaginara?… Después
ya no sentí más tormentos
ni supe qué era dolor;
supe sólo que no sé qué me faltaba
en donde el clavo faltó,
y tal vez… tal vez tuve soledades
de aquella pena… ¡Buen Dios!
Este barro mortal que envuelve el espíritu,
¡quién lo entenderá, Señor!…