Hijo mío – Leopoldo Panero

 Desde mi vieja orilla, desde la fe que siento, 
hacia la luz primera que torna el alma pura, 
voy contigo, hijo mío, por el camino lento 
de este amor que me crece como mansa locura.

Voy contigo, hijo mío, frenesí soñoliento 
de mi carne, palabra de mi callada hondura, 
música que alguien pulsa no sé dónde, en el viento, 
no sé dónde, hijo mío, desde mi orilla oscura.

Voy, me llevas, se torna crédula mi mirada, 
me empujas levemente (ya casi siento el frío); 
me invitas a la sombra que se hunde en mi pisada,

me arrastras de la mano... Y en tu ignorancia fío, 
y a tu amor me abandono sin que me quede nada, 
terriblemente solo, no sé dónde, hijo mío.

A una encina solitaria – Leopoldo Panero

 La gracia cenicienta de la encina,
hondamente celeste y castellana,
remansa su hermosura cotidiana
en la paz otoñal de la colina.
 
Como el silencio de la nieve fina,
vuela la abeja y el romero mana,
y empapa el corazón a la mañana
de su secreta soledad divina.
 
La luz afirma la unidad del cielo
en el agua dorada del remanso
y en la miel franciscana del aroma,
 
y asida a la esperanza por el vuelo
la verde encina de horizonte manso
siente el toque de Dios en la paloma.