La luz corre desnuda por el río – Miguel Ángel Asturias

 La luz corre desnuda por el río
huyendo sin cesar en lo movible
de la profundidad, del hondo frío
en que empieza la sombra y lo invisible.
La conoció al nacer, era rocío,
no este vano correr tras lo imposible,
imagen del humano desafío
a la divinidad. Sueño apacible
que endulza los saleros de los ojos,
mesa frugal y paz es lo que anhela
navegante, soldado y rey de antojos;
pero ¡ay! del ¡ay! del alma, no se alcanza
a volver con los remos y la vela
al puerto en que dejamos la esperanza.

Donde nunca llegaremos – César Vallejo

 Donde, aún sin nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
 
Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
 
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
 
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
 
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.
 
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
 
—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Esta? —No; su hermana.
 
—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
—do van en rama los pestillos.
 
Tal es el lugar que yo me sé.

Poema para olvidarte – José Ángel Buesa

Amar—nadie lo ignora—viene a ser como un juego:
el juego de dos almas y el juego de dos vidas.
Y hay quien gana y quien pierde. Tal vez lo sabrás luego,
si yo logro olvidarte pero tú no me olvidas.
 
Yo sé por qué lo digo. La vida tiene un modo
sutil de detenerse mientras sigue adelante,
y una mujer bonita puede olvidarlo todo
menos su última cita con su primer amante.
 
Por eso, allá... tan lejos... en tus tardes de hastío,
puede ser que comprendas que el hombre a quien quisiste
llenó de mariposas tu corazón vacío
y de fechas alegres tu calendario triste.
 
Y como tu pasado no pasó todavía
tendrás que recordarme viendo en tu tocador
aquellos espejuelos oscuros con que un día
disimulaste un poco tus tijeras de amor.
 
Y yo sé que otro día, de rezos y conjuros,
te dirán que me he muerto—yo sé que será así —
y te pondrás los mismos espejuelos oscuros
para que nadie sepa que lloraste por mí.

El mar sigue adelante – José Emilio Pacheco

 Entre tanto guijarro de la orilla
  no sabe el mar
      en dónde deshacerse
 
¿Cuándo terminará su infernidad
   que lo ciñe
      a la tierra enemiga
         como instrumento de tortura
            y no lo deja agonizar
               no le otorga un minuto de reposo?
 
Tigre entre la olarasca
   de su absoluta impermanencia
      Las vueltas
         jamás serán iguales
            La prisión
               es siempre idéntica a sí misma
 
Y cada ola quisiera ser la última
   quedarse congelada
      en la boca de sal y arena
         que mudamente
            le está diciendo siempre:
               Adelante

El hijo del sueño – José Ángel Buesa

 Un hijo... ¿Tú sabes, tu sientes que es eso?
ver nacer la vida del fondo de un beso,
por un inefable milagro de amor;
Un beso que llene la cuna vacía,
y que ingenuamente nos mire y sonría:
un beso hecho flor...
 
Un hijo... ¡Un fragante, fuerte y dulce lazo!
Me parece verlo sobre tu regazo
palpitando ya;
y miro conmoverse con pueril empeño
las pequeñas manos de nuestro pequeño,
como si quisieran sujetar un sueño
que llega y se va...
 
En el agua fresca de nuestras ternuras
mojará las alas de sus travesuras
como una paloma que aprende a volar;
Y será violento, loco y peregrino,
y amará igualmente la mujer y el vino,
y el cielo y el mar.
 
Con la sed amarga de la adolescencia
beberá en la fuente turbia de la ciencia;
y tierno cantor,
irá por el mundo con su lira al hombro,
dejando un reguero de rosas de asombro
y aun áureo fulgor...
 
Cruzará al galope la árida llanura,
pálida de ensueño, loco de aventura
y ebrio de ideal;
Y en su desvarío de viajes remotos
volverá algún día con los remos rotos,
trayendo en los labios un sabor de sal.
 
Caminante absurdo, de caminos muertos,
pasará su sombra sobre los desiertos,
en una infinita peregrinación;
y su alucinada pupila inconforme
verá en su destino grabada una enorme
interrogación.
 
Pero será inútil su tenáz andanza,
persiguiendo un sueño que jamás se alcanza...
Y ha de ser así,
pues no hallará nunca, como yo, la meta
de todas sus ansias de hombre y de poeta;
porque en las mujeres de su vida inquieta
no hallará ninguna parecida a ti...
 
Que tú eres la rosa de una sola vida,
la rosa que nadie verá repetida
porque al deshojarse secará el rosal,
Y como en el mundo ya no habrá esa rosa,
la ira en su búsqueda infructuosa,
en pos de una igual.

La fuga – Gabriela Mistral

  Madre mía, en el sueño 
ando por paisajes cardenosos:
un monte negro que se contornea
siempre, para alcanzar el otro monte;
y en el que sigue estás tú vagamente,
pero siempre hay otro monte redondo
que circundar, para pagar el paso
al monte de tu gozo y de mi gozo.

Más, a trechos tú misma vas haciendo
el camino de burlas y de expolio.
Vamos las dos sintiéndonos, sabiéndonos,
más no podemos vernos en los ojos, y no
podemos trocarnos palabra,
cual la Eurídice y el Orfeo solos,
las dos cumpliendo un voto o un castigo,
ambas con pies y con acentos rotos.

Pero a veces no vas al lado mío:
te llevo en mí, en un peso angustioso
y amoroso a la vez, como pobre hijo
galeoto a su padre galeoto,
y hay que enhebrar los cerros repetidos,
sin decir el secreto doloroso:
que yo te llevo hurtada a dioses crueles
y que vamos a un Dios que es de nosotros.

Y otras veces ni estás cerro adelante,
ni vas conmigo, ni vas en mi soplo:
te has disuelto con niebla en las montañas,
te has cedido al paisaje cardenoso.
Y me das unas voces de sarcasmo
desde tres puntos, y en dolor me rompo,
porque mi cuerpo es uno, el que me diste,
y tú eres un agua de cien ojos,
y eres un paisaje de mil brazos,
nunca más lo que son los amorosos:
un pecho vivo sobre un pecho vivo,
nudo de bronce ablandado en sollozo.

Y nunca estamos, nunca nos quedamos,
como dicen que quedan los gloriosos,
delante de su Dios, en dos anillos
de luz, o en dos medallones absortos,
ensartados en un rayo de gloria
o acostados en un cauce de oro.

O te busco, y no sabes que te busco,
o vas conmigo, y no te veo el rostro;
o en mí tú vas, en terrible convenio,
sin responderme con tu cuerpo sordo,
siempre por el rosario de los cerros,
que cobran sangre por entregar gozo,
y hacen danzar en torno a cada uno,
¡hasta el momento de la sien ardiendo,
del cascabel de la antigua demencia
y de la trampa en el vórtice rojo!

Glosa – Nicolás Guillén

   No sé si me olvidarás,
ni si es amor este miedo;
yo sólo sé que te vas,
yo sólo sé que me quedo.
ANDRÉS ELOY BLANCO


            1
Como la espuma sutil 
con que el mar muere deshecho, 
cuando roto el verde pecho 
se desangra en el cantil, 
no servido, sí servil, 
sirvo a tu orgullo no más, 
y aunque la muerte me das, 
ya me ganes o me pierdas, 
sin saber que me recuerdas 
no sé si me olvidarás.
              2
Flor que sólo una mañana 
duraste en mi huerto amado, 
del sol herido y quemado 
tu cuello de porcelana: 
Quiso en vano mi ansia vana 
taparte el sol con un dedo; 
hoy así a la angustia cedo 
y al miedo, la frente mustia... 
No sé si es odio esta angustia, 
ni si es amor este miedo.
              3
¡Qué largo camino anduve 
para llegar hasta ti, 
y qué remota te vi 
cuando junto a mí te tuve! 
Estrella, celaje, nube, 
ave de pluma fugaz, 
ahora que estoy donde estás, 
te deshaces, sombra helada: 
Ya no quiero saber nada; 
yo sólo sé que te vas.
              4
¡Adiós! En la noche inmensa 
y en alas del viento blando, 
veré tu barca bogando, 
la vela impoluta y tensa. 
Herida el alma y suspensa 
te seguiré, si es que puedo; 
y aunque iluso me concedo 
la esperanza de alcanzarte, 
ante esa vela que parte, 
yo sólo sé que me quedo.

El agua – Miguel Arteche

A media noche desperté.
Toda la casa navegaba.
Era la lluvia con la lluvia
de la postrera madrugada.
Toda la casa era silencio,
y eran silencio las montañas
de aquella noche. No se oía
sino caer el agua.

Me vi despierto a medianoche
buscando a tientas la ventana;
pero en la casa y sobre el mundo
no había hermanos, madre, nada.

Y hacia el espacio oscuro y frío
y frío el barco caminaba
conmigo. ¿Quién movía
todas las velas solitarias?

Nadie me dijo que saliera.
Nadie me dijo que me entrara,
y adentro, adentro de mí mismo
me retiré: toda la casa.

Me vio en el tiempo que yo fui,
y en el seré la vi lejana,
y ya no pude reclinar
mi juventud sobre la almohada.

A medianoche busqué
mientras la casa navegaba.
Y sobre el mundo no se oyó
sino caer el agua.

¿De qué modo te quiero? – Elizabeth Barrett Browning

¿De qué modo te quiero? Pues te quiero
hasta el abismo y la región más alta
a que puedo llegar cuando persigo
los límites del Ser y el Ideal.

Te quiero en el vivir más cotidiano,
con el sol y a la luz de una candela.
Con libertad, como se aspira al Bien;
con la inocencia del que ansía gloria.

Te quiero con la fiebre que antes puse
en mi dolor y con mi fe de niña,
con el amor que yo creí perder

al perder a mis santos… Con las lágrimas
y el sonreír de mi vida… Y si Dios quiere,
te querré mucho más tras de la muerte.

Soneto LII – Pablo Neruda

 Cantas y a sol y a cielo con tu canto 
tu voz desgrana el cereal del día, 
hablan los pinos con su lengua verde: 
trinan todas las aves del invierno.

El mar llena sus sótanos de pasos, 
de campanas, cadenas y gemidos, 
tintinean metales y utensilios, 
suenan las ruedas de la caravana.

Pero sólo tu voz escucho y sube 
tu voz con vuelo y precisión de flecha, 
baja tu voz con gravedad de lluvia,
tu voz esparce altísimas espadas, 
vuelve tu voz cargada de violetas 
y luego me acompaña por el cielo.

Hijo mío – Leopoldo Panero

 Desde mi vieja orilla, desde la fe que siento, 
hacia la luz primera que torna el alma pura, 
voy contigo, hijo mío, por el camino lento 
de este amor que me crece como mansa locura.

Voy contigo, hijo mío, frenesí soñoliento 
de mi carne, palabra de mi callada hondura, 
música que alguien pulsa no sé dónde, en el viento, 
no sé dónde, hijo mío, desde mi orilla oscura.

Voy, me llevas, se torna crédula mi mirada, 
me empujas levemente (ya casi siento el frío); 
me invitas a la sombra que se hunde en mi pisada,

me arrastras de la mano... Y en tu ignorancia fío, 
y a tu amor me abandono sin que me quede nada, 
terriblemente solo, no sé dónde, hijo mío.

Me destierro – Miguel de Unamuno

Me destierro a la memoria,
voy a vivir del recuerdo.
Buscadme, si me os pierdo,
en el yermo de la historia,

que es enfermedad la vida
y muero viviendo enfermo.
Me voy, pues, me voy al yermo
donde la muerte me olvida.

Y os llevo conmigo, hermanos,
para poblar mi desierto.
Cuando me creáis más muerto
retemblaré en vuestras manos.

Aquí os dejo mi alma-libro,
hombre-mundo verdadero.
Cuando vibres todo entero,
soy yo, lector, que en ti vibro.