Tormento del amor – Vicente Aleixandre


Te amé, te amé, por tus ojos, tus labios, tu garganta, tu voz,
tu corazón encendido en violencia.
Te amé como a mi furia, mi destino furioso,
mi cerrazón sin alba, mi luna machacada.

Eras hermosa. Tenías ojos grandes.
Palomas grandes, veloces garras, altas águilas potentísimas...
Tenías esa plenitud por un cielo rutilante
donde el fragor de los mundos no es un beso en tu boca.

Pero te amé como la luna ama la sangre,
como la luna busca la sangre de las venas,
como la luna suplanta a la sangre y recorre furiosa
las venas encendidas de amarillas pasiones.

No sé lo que es la muerte, si se besa la boca.
No sé lo que es morir. Yo no muero. Yo canto.
Canto muerto y podrido como un hueso brillante,
radiante ante la luna como un cristal purísimo.

Canto como la carne, como la dura piedra.
Canto tus dientes feroces sin palabras.
Canto su sola sombra, su tristísima sombra
sobre la dulce tierra donde un césped se amansa.

Nadie llora. No mires este rostro
donde las lágrimas no viven, no respiran.
No mires esta piedra, esta llama de hierro,
este cuerpo que resuena como una torre metálica.

Tenías cabellera, dulces rizos, miradas y mejillas.
Tenías brazos, y no ríos sin límite.
Tenías tu forma, tu frontera preciosa, tu dulce margen
de carne estremecida.
Era tu corazón como alada bandera.

¡Pero tu sangre no, tu vida no, tu maldad no!
¿Quién soy yo que suplica a la luna mi muerte?
¿Quién soy yo que resiste los vientos, que siente las
heridas de sus frenéticos cuchillos,
que le mojen su dibujo de mármol
como una dura estatua ensangrentada por la tormenta?

¿Quién soy yo que no escucho entre los truenos,
ni mi brazo de hueso con signo de relámpago,
ni la lluvia sangrienta que tiñe la yerba que ha nacido
entre mis pies mordidos por un río de dientes?
¿Quién soy, quién eres, quién te sabe?
¿A quién amo, oh tú, hermosa mortal,
amante reluciente, pecho radiante;
¿a quién o a quién amo, a qué sombra, a qué carne,
a qué podridos huesos que como flores me embriagan?

Soledad – Rosalía de Castro

 Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.

Niño tras un cristal – Luis Cernuda

 
Al caer la tarde, absorto
Tras el cristal, el niño mira
Llover. La luz que se ha encendido
En un farol contrasta
La lluvia blanca con el aire oscuro.

La habitación a solas
Le envuelve tibiamente,
Y el visillo, velando
Sobre el cristal, como una nube,
Le susurra lunar encantamiento.

El colegio se aleja. Es ahora
La tregua, con el libro
De historias y de estampas
Bajo la lámpara, la noche,
El sueño, las horas sin medida.

Vive en el seno de su fuerza tierna,
Todavía sin deseo, sin memoria,
El niño, y sin presagio
Que afuera el tiempo aguarda
Con la vida, al acecho.

En su sombra la perla ya se forma.

Recuerda – Rosalía de Castro

 Recuerda el trinar del ave 
y el chasquido de los besos; 
los rumores de la selva, 
cuando en ella gime el viento, 
y del mar las tempestades, 
y la bronca voz del trueno; 
todo halla un eco en las cuerdas 
del arpa que pulsa el genio. 

Pero aquel sordo latido 
del corazón que está enfermo 
de muerte, y que de amor muere 
y que resuena en el pecho 
como en bordón que se rompe 
dentro de un sepulcro hueco, 
es tan triste y melancólico, 
tan horrible y tan supremo, 
que jamás el genio pudo 
repetirlo con sus ecos.

Versos de otoño – Rubén Darío

 Cuando mi pensamiento va hacia ti, se perfuma:
tu mirar es tan dulce, que se torna profundo.
Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,
y en tus labios compendias la alegría del mundo.

El amor pasajero tiene el encanto breve,
y ofrece un igual término para el gozo y la pena.
Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve;
hace un minuto dije mi amor sobre la arena.

Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
Y en la copa de Otoño un vago vino queda
en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas.

Yo no sé lo que es el mar – Rafael Duyos

 Yo no sé lo que es 'el mar'...
'La mar' sí que sé lo que es...
No digáis 'el mar', amigos,
porque 'la mar' es mujer...
Amante del pescador,
amiga del timonel,
esposa que siempre aguarda,
novia y hermana a la vez...
hembra de espuma que tienta
con sus olas en vaivén...,
sirena de blanco nácar
-mitad niña, mitad pez-
que a los hombres de la orilla
les tiende su verde red...

Quienes la llaman 'el mar'
de tierra adentro han de ser,
hombres sin brújula, ciegos
de su gracia, que no ven...
Yo, que he nacido a su vera
y mil veces la crucé,
niño almirante de sueños
en mi barco de papel
y, hombre ya, sobre los buques
gigantes, de ella a través...

Yo, que respiro su brisa
y esclavo soy de su ley,
y he crecido entre sus velas
y morir quiero a sus pies...
Si voy a bordo del verso,
con mi nombre -Rafael-
en el mascarón de proa
de mi mañana y mi ayer...

Si el coral mediterráneo
de sus labios mío fue
y amo sus besos de brea
en el oro de mi piel...

Si he bebido su salitre bajo el sol de los Roger
-de Lauria y de Flor, marinos
en la estela de la Fe...
Si es castigo a sus espaldas
vivir, para mí, y no ver
los cambiantes con que juega
la esmeralda de su tez..

Si esto que siento por ella
como entraña de mi ser
es amor y yo soy hombre,
¿cómo -¡oh, mar!- la nombraré?
Yo no sé lo que es 'el mar'...
'La mar' sí que sé lo que es...
No digáis 'el mar', amigos,
¡porque 'la mar'...es mujer!

Reflejo – José Echegaray

 ¿Ves bajo el líquido velo 
de su linfa, cómo el lago 
pinta con sumiso halago 
sombras y luces del cielo? 

¿Le ves brillar con azul 
purísimo, transparente, 
cuando de Oriente a Poniente 
los aires tienden su tul? 

¿Le ves en la noche obscura 
negro como el cielo mismo, 
imitando aquel abismo, 
el abismo de la altura? 

Él refleja el rojo sol 
en sus ondas peregrinas; 
él refleja las neblinas 
y refleja el arrebol. 

Pues como el lago sereno 
luz y sombra reverbera,
y de la celeste esfera 
la imagen lleva en su seno, 

¡yo reflejo tu dolor,
yo reflejo tu placer, 
y en el fondo de mi ser 
llevo el cielo de tu amor!

Orillas del amor – Luis Cernuda

 Como una vela sobre el mar 
resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras,
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo,
también tu forma misma,
ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus olas melancólicas.

Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
yo, el más enamorado,
en las orillas del amor,
sin que una luz me vea
definitivamente muerto o vivo,
contemplo sus olas y quisiera anegarme,
deseando perdidamente
descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.

Soy el destino – Vicente Aleixandre

 Sí, te he querido como nunca.

¿Por qué besar tus labios, si se sabe que la muerte está próxima, si se sabe que amar es sólo olvidar la vida,
cerrar los ojos a lo oscuro presente
para abrirlos a los radiantes límites de un cuerpo?

Yo no quiero leer en los libros una verdad que poco a poco sube como un agua, renuncio a ese espejo que dondequiera las montañas ofrecen, pelada roca donde se refleja mi frente
cruzada por unos pájaros cuyo sentido ignoro.

No quiero asomarme a los ríos donde los peces colorados con el rubor de vivir embisten a las orillas límites de su anhelo,
ríos de los que unas voces inefables se alzan,
signos que no comprendo echado entre los juncos.

No quiero, no; renuncio a tragar ese polvo, esa tierra dolorosa, esa arena mordida, esa seguridad de vivir con que la carne comulga cuando comprende que el mundo y este cuerpo
ruedan como ese signo que el celeste ojo no entiende.
No quiero, no, clamar, alzar la lengua,
proyectarla como esa piedra que se estrella en la altura,
que quiebra los cristales de esos inmensos cielos
tras los que nadie escucha el rumor de la vida.

Quiero vivir, vivir como la hierba dura,
como el cierzo o la nieve, como el carbón vigilante,
como el futuro de un niño que todavía no nace,
como el contacto de los amantes cuando la luna los ignora.

Soy la música que bajo tantos cabellos
hace el mundo en su vuelo misterioso,
pájaro de inocencia que con sangre en las alas
va a morir en un pecho oprimido.

Soy el destino que convoca a todos los que aman,
mar único al que vendrán todos los radios amantes
que buscan a su centro, rizados por el círculo
que gira como la rosa rumorosa y total.

Soy el caballo que enciende su crin contra el pelado viento,
soy el león torturado por su propia melena,
la gacela que teme al río indiferente,
el avasallador tigre que despuebla la selva,
el diminuto escarabajo que también brilla en el día.

Nadie puede ignorar la presencia del que vive,
del que en pie en medio de las flechas gritadas
muestra su pecho transparente que no impide mirar,
que nunca será cristal a pesar de su claridad,
porque si acercáis vuestras manos, podréis sentir la sangre.

Todavía – Mario Benedetti

 No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más todavía.

Como tú – León Felipe

Así es mi vida, 
piedra,
como tú; como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centellas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una Lonja,
ni piedra de una Audiencia,
ni piedra de un Palacio,
ni piedra de una Iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que, tal vez, estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera ...